En ocasiones, la magia del mito y las leyendas servían de respuesta de los pueblos, como forma de explicación a modo de una máscara ante la vida, o podría ser la vida misma. Intentar conocer a los personajes que antes rondaban en nuestras calles, es una oportunidad maravillosa de hacer un acercamiento y hacer una reflexión un poco más extensa de nuestros propios temores, esperanzas, alegrías y hasta frustraciones.
Para los niños, un héroe popular: un cargador de leña del barrio de Todos los Santos, deja ver un personaje de nuestros pueblos, que habitaba en las calles de Cuenca, y reflejaba la filosofía de la combinación de la inocencia de los niños pueblerinos y un mendigo, que al encontrarse rezagado en un costado de la vida, divagaba en la locura de sus propias frustraciones.
Mas, se debería dividir este documento en varias partes, quince en total, para dar reseña de cada uno de los personajes de décadas pasadas, que forman parte de nuestra cultura. Empezaré por el relato anterior, el del “Suco de la Guerra”.
- El Suco de la Guerra: (Década de los 60). El “Suco de la Guerra”, fue un cargador de leña que frecuentaba los barrios: de Todos Santos, La Merced, y la calle de los Obreros. Reconocido como el héroe popular de los niños. Colorado, pelirrojo, un poco pecoso, pequeño y gordo, caminaba en zigzag por las cercanías del convento de las Conceptas, como a diario, con la cabeza baja como quien guarda equilibrio a un eterno atado de leña que cargaba a sus espaldas, asegurado a su cuerpo con una soga vieja, sobre su ropita muy remendada, con dirección al barrio de los panaderos, ya que de eso se ganaba la vida: acarreando leña para entregársela a los hornos.
Por doquier, un grupo de muchachos acostumbraba esperarle muy cerca de Las Conceptas, y él siempre, antes de interceptarse, tomaba la calle de La Merced y esperaba para poder relatar un poco de la historia de su vida y la guerra del 41, esperando que le regalasen un cigarrillo nacional, que en ese entonces, no sobrepasaba el minúsculo valor de dos reales. De acuerdo a sus relatos, en una ocasión tuvo que subirse en un tanque de guerra, pero había muchos relatos más insólitos, como aquella vez que tuvo que treparse a la parte inferior de un helicóptero, o cuando tuvo que combatir con más de cien soldados del regimiento opositor simultáneamente, y siempre resultaba triunfante y victorioso, siendo, lo más extraño en su opinión, cuando había tenido que enfrentarse con el diablo, a quien engañó y luego derrotó. En la mayoría del tiempo pasaba ignorado y desapercibido por la gente adulta, pero su recompensa era ser el ídolo de los niños de ese lugar; generalmente andaba cabizbajo, pero ante la presencia de los niños, se le notaba muy orgulloso y prosudo, aunque no podía disimular el apuro por entregar la leña.
- María a la guagua: (Década de los 70). Podríamos cuantificar la capacidad de amar de nuestros pueblos en esta sola mujer, aquella mujer de la calle llamada María, para quien, el amor hacia su hijo no tuvo límites y le llevó a su propia locura, a su propia inmolación.
María fue una campesina, que salió con esperanzas a la ciudad, indefensa. Fue ultrajada y violada por hampones y borrachos, hombres de la calle, estúpidos colmados de ignorancia y faltos de conciencia. En medio de la soledad y el frío de la calle, parió un hijo; pero la suma pobreza en la que vivía la desdichada india le impidió mantenerlo. El niño, hambriento, murió en su regazo, pero pasaron semanas para que la sociedad le arrancara de los brazos un niño putrefacto y maloliente, claro está, la india se resistió, pero sus esfuerzos fueron vanos. Aquella circunstancia, ella no lo aceptó, y desde ese día se dedicó enteramente a buscar a su “guagua” en una muñeca de trapos, sumida en la demencia.
La mayoría del tiempo se sentaba en los lugares que frecuentaba, estos eran, el barrio El Vecino, y las Escalinatas del río Tomebamba. Los jóvenes del pueblo, con el afán de divertirse, tomaron por costumbre mofarse de la pobre campesina; silenciosamente se acercaban para arrancharle de la espalda su guagua (su muñeca de trapos), y se ponían a jugar, cada uno se ubicaba en diferentes esquinas de las calles y entre ellos se lanzaban el niño; mientras, la gente muy animada gritaba: ¡María,… a la guagua…!, mientras María se apresuraba a perseguirles entre sustos y saltos, en medio de las risas de aquellos ignorantes, y la angustia de la india, en medio de su inocencia y la estupidez de los hombres; hasta que, cansados ya de tanto “jugar”, decidían devolvérsela; ella la abrazaba tan tiernamente, como queriendo meterla nuevamente a sus entrañas. No había vez que no se la encontrara cargada a su guagua a sus espaldas, y así, errante de la vida, deambulaba dando vueltas por la ciudad, para regresar al mismo lugar. Generalmente a los abogados, jueces y médicos, les reclamaba la paternidad de su hijo, mas ellos, para no ser instrumento de un desaire y la mofa de la gente, huían a carreras; persona que se atrevía a colaborarle con limosna, debía hacerlo con suma prudencia, ya que la india, si no recibía una suma considerable, por sobre de los quinientos sucres, devolvía el dinero y se ponía a insultar a quien, bondadosamente, se dispuso a ayudarla.
- El Atacocos: (Década de los 50). ¿Cómo entender al hombre y su locura?, si aún no conocemos al hombre, mucho peor su locura. Atacocos, sin estar cuerdo, llegó a ser un hombre muy feliz; cuántos cuerdos lloran su amargura, su propia ausencia.
Atacocos fue un juglar criollo, declamador de poesía popular. Alto, bien parecido y en su convicción platónico, poeta y soñador, muchos se burlaron de sus defectos, otros de sus poesías, y entre el murmurar de la gente se llegó a decir de él hasta que era tuerto y cojo. Con frecuencia se le encontraba en pleno casco central de la ciudad, la calle Bolívar, pero con más frecuencia en el parque Calderón, en medio de intelectuales, ministros, abogados y gobernadores; mas éstos, curiosos, se deleitaban escuchando sus discursos y a menudo se burlaban de él; terminaban oyendo arvejas y porotos. Cada vez se le veía más orgulloso y con el rostro erguido.
Resultó ser el confidente de todos los adolescentes y amoríos del pueblo, ya que generalmente, a cambio de propinas, se le encargaba declamar poemas a sus prometidas. Atacocos no perdía el tiempo en recitarles, con frases como: -“Asómate a la ventana para darte una manzana, mantención de la semana, palomita cuculí”; “Déjate querer guambrita, que a ti no te cuesta nada, en esto no tiene parte ni tu taita ni tu mama”-… Aunque resultaba comprometido, al final las insultaba y ridiculizaba.
No existía fiesta a la que no se le haya invitado, ya que los dueños de las fiestas consideraban muy necesario escuchar sus palabras al final de las mismas; la gente, ansiosa e impaciente esperaba sus discursos con motivo de los acontecimientos, y a escondidas reventaba en carcajadas. El Atacocos siempre terminaba hablando mal de los novios del matrimonio, o la guagua del bautizo, o sea cual sea la ocasión de la fiesta.
- Juana del Arco: (Década de los 50). Poetisa de las calles y contrincante del Atacocos. Frecuentaba los mercados y el parque Calderón. Bajo el seudónimo de “Juana del Arco” escribía versos populares en hojas volantes; algunas imprentas la colaboraban en su impresión, y ella luego las vendía en las calles y los mercados para ganarse la vida. La gente no dejaba pasar la oportunidad para cuestionar sus escritos; vendía chucherías en el centro de la ciudad. Según la gente, era originaria del norte del país, probablemente de Riobamba. Tuvo una muerte trágica.
- Carlitos de la Bicicleta: (Últimas Décadas). Carlitos, era un personaje muy popular, muy querido por la ciudadanía. Era el reflejo de lo que con nuestros propios ojos nos prohibimos ver: el niño por dentro del hombre. Era un hombre ya adulto, que con eterna ternura jugaba por las calles, casi siempre jalando de un cordel, un camión de juguete.
Era uno de esos pocos seres que se dan el privilegio de vivir la vida sin complicaciones, tan solo disfrutaba la vida, únicamente. Cuando alguien osaba molestarlo, era capaz de responder y contestar con los más polémicos y decidores insultos.
Este niño tan tierno, con el cuerpo de un hombre ya maduro, frecuentaba las iglesias, y el casco colonial, y en cualquier momento, se lo veía con su camión de juguete, arrastrado con infinita ternura por las aceras de la ciudad.
- El Doctor Tamales: (Década de los 40). El Doctor Tamales, como lo conocía la gente, fue un controvertido profesional del derecho, muy polémico en su manera de pensar y actuar. Andaba siempre con una máquina en las manos, dañada y en desuso. Profesaba, divulgaba y ejercía sus propias constituciones y leyes, según hacía alusión en las calles; transcritas por su propio puño y letra.
Tenía por costumbre firmar papeles en blanco, paredes, escritos, bancas, sillas, espaldas de personas distraídas y todo lo que se encontraba al alcance de sus manos. Vestía siempre un terno rayado, más o menos de las usanzas del siglo pasado. Frecuentaba los juzgados y los consultorios de abogacía, en ese entonces, de la ciudad de Cuenca.
- El Dueño del mundo: (Década de los 80). Un vagabundo, que vivía en nuestro pueblo, se creía ser el rey y el absoluto dueño del mundo. No contestaba siquiera el saludo de la gente; caminaba por adelante del resto, indiferente hacia ellos, con la cabeza inmóvil, forzadamente hacia arriba; aseguraba ser el más “gara” y “vacán” que existía. Con los movimientos lentos de sus brazos como péndulos, pero peligrosos, ocupaba todo el ancho de la acera. Mantenía sus bigotes enrollados en la punta y acomodados a la fuerza. Efímero, tranquilo, tieso y de aires muy refinados andaba por ahí asegurando ser el “más buen mozo que existe”, y el dueño del mundo.
Frecuentaba los barrios: La Merced, San Blas y la plazoleta de la Iglesia del Carmen.
- El Tonto Gabriel: (Década de los 50). Alto, bien parecido, y al igual que “Juana del Arco”,rival del Atacocos, se ganaba la vida como cargador de cantarillas. Fue un ser sarcástico y severo en su crítica y apreciación, sin reparos en sus agravios, y en especial si sus críticas eran dirigidas hacia los políticos. Según varias versiones de la gente, se aseguraba que era él el candidato de las calles, él era el elegido del pueblo para la presidencia. Comentaban que, cuando se bañaba, el “Tonto Gabriel” tenía un cutis casi perfecto.
Frecuentaba la calle Sangurima, siempre trabajando como vendedor de cantarillas.
- El Sansón del Puente Roto: (Década de los 80). Personaje criollo de nuestras calles, galán y ostentoso. Presumía de superhombre, con músculos abultados, que no eran más que rellenos de papel periódico que colocaba dentro de las mangas de sus harapos taqueados. Para mantenerse en forma, todas las mañanas acostumbraba correr en una misma dirección, siguiendo el barranco del río Tomebamba, sin reparo a encontrar algún obstáculo, o persona en su camino. Con su enorme musculatura de rollos de papel envueltos, colgados y cayéndose, escurriéndose por las mangas de sus pantalones, todas salidas; situación que de hecho, le acarreaba grandes conflictos, problemas e inconvenientes en reiteradas ocasiones. Presumía ser motivo de la envidia de los galanes, y la razón de los suspiros de todas las señoritas del pueblo de ese entonces.
Sus lugares más concurridos eran, obvio está, el Puente Roto, además el Barranco del río Tomebamba y la esquina del Benemérito Cuerpo de Bomberos.
- La Loca de la Catedral: (Década de los 90). Fue una beata de nuestras calles, le gustaba dar sermones y discursos en contra del pecado. Se escandalizaba al ver niños jugando en los templos y a las señoritas maquilladas o con las faldas cortas. Se fastidiaba, las ridiculizaba y perseguía, para luego otorgarles denominaciones como “quita maridos” para luego inventar y adjudicarles inexistentes romances con hombres ya casados. En cambio, a los caballeros que ingresaban al templo, vestidos de etiquetas y en donaires, los abochornaba, asegurando haberlos encontrado ya meses atrás con el mismo terno o traje, y persiguiendo a empleadas domésticas.
Frecuentaba la Catedral de la Inmaculada de Cuenca, las iglesias de las Conceptas y el Carmen, el Parque Calderón y los mercados de la ciudad.
- El Jala Muertos: (Década de los 20). El llamado “jala Muertos” fue un sepulturero excéntrico y extravagante, su costumbre era acompañar a todos los entierros del pueblo, jalando los féretros en los funerales. Usaba unos pantalones bombachos, característicos de aquellas épocas, pero, lo más sobresaliente en su vestuario, era una marcada inclinación hacia el color negro. Entre sus pasatiempos favoritos, le gustaba disfrutar leyendo tardes enteras, las leyendas y epitafios de las lápidas y mausoleos. Conocía y recordaba con exactitud las fechas de todos los sepelios del pueblo, y la ropa que llevaba el difunto. Frecuentaba el Cementerio Municipal de la Ciudad de Cuenca.
- El Pacharaco. (Década de los 30). El Pacharaco fue un justiciero criollo, conocido como el defensor del pueblo. Castigaba con un látigo en su mano, siempre a carreras, a todos los ociosos y corruptos de las calles y mercados; persiguiéndolos hasta darles su paliza. Se lo encontraba por las callejuelas angostas y adoquinadas, vestido siempre con un uniforme militar que había encontrado coincidencialmente. Con su infaltable látigo en sus manos perseguía a carreras, castigando a los niños que no iban a la escuela, a los ociosos, a los chismosos, mentirosos y corruptos.
Frecuentaba el barrio del Cuartel y el Mercado Municipal Nueve de Octubre.
- Don Taita Pendejadas: (No se puede precisar la década). Fue un extravagante, controvertido y polémico coleccionista y comerciante de chucherías y antigüedades. Así se ganaba la vida este hombre, vendiendo libros usados, valijas encontradas, antigüedades y chucherías a precios módicos. Lo caracterizaban sus lentes de cristales gruesos.
La razón por la que no se puede precisar la fecha, es porque existen dos versiones de este personaje, en diferentes épocas.
- Manucho: (Década de los 90). Manucho fue un jorobado, de piel muy áspera y un torpe caminar, y más que nada, cretino. Tenía la mandíbula y la quijada desproporcionadas, cayéndosele a cada rato. La gente aseguraba que se trataba de una especie de animal pero en apariencia humana. Sea lo que hubiese sido, era un hombre con demasiadas ganas de amar.
- Ovidio, el Bailador: (No se puede precisar la década). Cuentan que, Ovidio el Bailador se la pasaba danzando por las calles, sin ninguna clase de descanso, durante todos los días, todo el día; dando saltos incomprendidos para la gente, oyendo quizá en su individualidad, interiorizando, la eterna música de la vida. El Centro de la ciudad estaba entre sus lugares preferidos para sus danzas.
En este documento, no he enlistado a nuestros personajes en orden jerárquico, ya que ninguno es de mayor importancia que otro; todos contribuyen a la formación de nuestra cultura y las tradiciones de nuestro pueblo. Con esto doy por terminada esta redacción, mas, no sin antes, pedir de favor que rescatemos nuestra cultura, y hagamos valer nuestras tradiciones, que tengamos una visión más amplia hacia nuestros valores y nuestra gente. Gracias por haber dado lectura a este pequeño pedacito de la cultura de mi pueblo. Muchas gracias.
A la memoria del "Suco de la guerra"
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